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Lunes, 18 de Noviembre de 2019     |     Tlaxcala.
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Opinión



¿Qué lectura merece la represión presidencial contra el 45 aniversario antorchista en Chiapas?

Viernes, Octubre 18, 2019 - 08:06
 
 
   

Creo que el país ya no admite que los mexicanos sigamos hablando un lenguaje elíptico para quejarnos y denunciar abusos y atropellos del poder público.

 

 

Hoy está claro que la timidez y el respeto exagerado al reclamar justicia no le sirve a nadie, y es por eso que empiezo diciendo que la prohibición de nuestro evento del 45 aniversario en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, fue autorizada por el propio Presidente de la República. Tenemos suficientes elementos de juicio para afirmarlo, pero que no voy a detallarlos ahora por falta de espacio. Debo adelantar, sin embargo, que no se trata de grabaciones clandestinas ni de documentos oficiales filtrados; nos atenemos a lo que alguna vez escribió Stefan Zweig: allí donde falta la prueba documental, es el lugar donde la lógica rigurosa debe probar su utilidad y su capacidad de suplirla con ventaja, para hacer que el juicio humano avance con igual firmeza hacia el conocimiento de la verdad.

Señalar con puntualidad al verdadero responsable de un hecho como el que denuncio, no obedece solo al deseo de queja y desahogo, tan natural y humano en estos casos; responde más bien a la necesidad de analizar las causas profundas que lo motivan y sus posibles implicaciones, tanto para el agraviado directo como para la vida institucional del país. Y esto resulta imposible, o al menos con una alta probabilidad de error, si se atribuye la responsabilidad a quien no la tiene en aras de la prudencia y del cuidado de las formas. 

Bien. ¿Por qué nos reprime el Presidente? ¿De qué naturaleza y gravedad son las faltas que nos atribuye como para justificar el trato discriminatorio y persecutorio que nos dispensa, violando flagrantemente las garantías individuales y sociales consagradas en la Constitución? La respuesta puede y debe darse en dos niveles. El primero y directo es: porque nos considera un enemigo de la Cuarta Transformación. Pero esta primera respuesta abre una interrogante nueva, ¿por qué somos los antorchistas para la 4ª T un enemigo a vencer? Y solo caben dos posibilidades: 1) porque somos una organización corrupta; y la corrupción es, justamente, el molino de viento contra el que combate la caballería andante de la 4ª T; 2) porque no compartimos el proyecto de país que abandera esa misma 4ª T. 

La acusación de corrupción no ofrece dudas; el mismo presidente se ha encargado de formularla y divulgarla por todo el país, en más de cien de los mítines masivos que celebró para promover sus programas de entrega directa de dinero a los grupos más necesitados. Pero esa acusación, a estas alturas, está totalmente desvirtuada, tanto porque nadie ha podido presentar una sola prueba válida que la sustente, como por los argumentos y hechos contundentes que nosotros hemos aducido en nuestra defensa. Y el Presidente lo sabe. Queda entonces como única opción la causa político-ideológica. Y aquí sí que tenemos que reconocer y confesar nuestra “culpa”: públicamente y más de una vez, hemos dicho que, basados en los contenidos del discurso oficial y en las pocas realizaciones perceptibles y medibles que la 4ª T ha generado hasta hoy, los antorchistas no estamos, ni podemos estar de acuerdo con ella.

Y no nos hemos limitado a la pura oposición; no le hemos hecho al Mefistófeles actuando como puro espíritu de negación estéril; nos hemos esforzado por exponer y explicar en qué y por qué discrepamos de la 4ª T, y qué proponemos como alternativa creadora y transformadora para el país. Al mismo tiempo, hemos insistido en que no nos interesa en absoluto hacer fracasar a la 4ª T por el puro placer de gritar que teníamos razón. Reconocemos que tienen razón quienes piden y exigen tiempo para mostrar resultados, antes de lanzar un juicio definitivo a favor o en contra. Sotto voce, por otro lado, se dice que los “ideólogos” de Morena aseguran que vamos hacia un socialismo a la mexicana; que esa es la verdadera esencia de la 4ª T, y que por eso es explicable que el Presidente llame “conservadores” y “enemigos del cambio” a quienes se oponen a sus planes.

A los antorchistas no nos espantan esas u otras afirmaciones parecidas, ni son ellas la causa de nuestra oposición. Sí sostenemos que es irracional exigirle a nadie que apruebe, aplauda y se sume a una causa de la cual ignora casi todo. Se dice también que Morena y el Presidente creen que pueden llevar a cabo esa revolución ellos mismos, es decir, contando únicamente con el poder del Estado; una revolución “desde arriba”, para el pueblo pero sin el pueblo, porque para eso recibieron 30 millones de votos de los mexicanos. Si es así, habría que preguntar, ¿por qué entonces le esconden sus verdaderos propósitos al pueblo que los apoya? ¿A qué  o a quién que valga más que el pueblo le temen? Y finalmente, ¿por qué se quejan de que los demás, los que no estamos en el secreto porque no contamos para nada, salvo como estorbo para sus planes, no adivinemos y no aplaudamos lo que piensan y lo que quieren hacer? ¿Por qué nos exigen una fe ciega en algo que no vemos ni entendemos?

Antorcha no es conservadora ni opuesta al cambio; hemos detectado, sí, graves errores teóricos en el enfoque económico y político de la 4ª T, además de que nuestra evaluación de la coyuntura nacional y mundial difiere de la del morenismo. Sostenemos que esas condiciones no están todavía maduras para un cambio radical, el que sea, y que intentarlo ahora puede provocar un desastre nacional, sin excluir una invasión de las fuerzas armadas del imperio del norte. Y lo que hasta ahora puede verse y juzgarse de la 4ª T, reafirma nuestras dudas y objeciones: nos dicen que vamos hacia el norte, pero los hechos dicen que caminamos hacia el sur. Sea como sea, lo que yo quiero destacar aquí  es que precisamente la concepción morenista de una revolución cupular, una revolución que solo necesita de un caudillo sabio y todopoderoso para su triunfo y consolidación, es lo que explica que vean como un obstáculo a la organización popular independiente, y es también lo que se haya en el fondo de la represión contra el evento masivo de los antorchistas del sureste. 

Los medios están llenos de protestas y denuncias, ciertas y verificables, en contra de los abusos del gobierno obradorista. Todos coinciden en señalar que se está demoliendo el viejo aparato gubernamental; que se están suprimiendo organismos independientes, creados por la “sociedad civil” para equilibrar el poder del Estado; que se están creando leyes ad hoc para reprimir al capital y a los opositores de la 4ª T, mientras se trata con todo miramiento a la delincuencia organizada; que se está haciendo a un lado todo el andamiaje legal, incluidas las garantías individuales, que el país se dio precisamente como fruto de las tres transformaciones previas; que, finalmente, todo esto busca concentrar el poder en manos del Presidente para ponerlo en condiciones de demoler el sistema económico vigente, sin dejar claro lo que va a construir en su lugar.

Repito que todo esto es cierto y nadie puede negarlo. Pero me interesa destacar y hacer visible una contradicción patente de los opositores al autoritarismo morenista: su confesión, junto con sus quejas y denuncias, de una impotencia lastimosa frente a las injusticias y los peligros de la 4ª T. Un destacado periodista del diario Milenio, al que debo reconocer su valentía y congruencia opositora a Morena y a AMLO, decía hace dos o tres días que, en vista de que los mayores empresarios y los medios más poderosos se están rindiendo ante AMLO, ya solo nos quedan 50 senadores como el único capital que oponer a la amenaza de dictadura que se cierne sobre nuestras cabezas. Resulta asombroso que ni por asomo, ni por error, se les ocurra voltear hacia la fuerza poderosa del pueblo organizado. Como si no existiera. Esta ceguera política explica por qué se quejan y protestan de todo y piden justicia para todos, pero no dicen una sola palabra sobre la injusta represión de que somos víctimas los antorchistas. Y es que en cuanto al miedo o pánico que les infunde el pueblo organizado y consciente, Morena y los voceros del poder económico y mediático coinciden y se dan la mano. Los extremos se tocan. 

AMLO les dice que están moralmente derrotados y que no tienen oportunidad de recuperar el poder. Yo creo que, en parte, tiene razón. El gran error de sus opositores es que, implícita o explícitamente, defienden el pasado y anhelan derrotar a Morena solo para recuperar el paraíso perdido, pero nada le dicen a las masas empobrecidas, a las víctimas del ayer que ellos buscan restaurar. No acaban de entender que el pueblo votó, más que por AMLO, en contra de ese pasado de corrupción, desigualdad e injusticia al que no quieren volver bajo ninguna circunstancia. Por eso tampoco se explican la paradoja de que, mientras reprueban los resultados del Gobierno, las masas populares siguen apoyando a AMLO. Les parece una locura y una prueba de que el pueblo será siempre un menor de edad que debe estar bajo tutela. Y mientras sigan pensando así, el pueblo los seguirá ignorando y apoyando a AMLO y su 4ª T. Antorcha los ha convocado y los convoca de buena fe a cambiar de perspectiva; los ha llamado y los llama a que todos juntos formulemos una propuesta alternativa al proyecto de Morena, una propuesta que mejore y rebase la oferta morenista de justicia, equidad y bienestar para las masas y para todos, más viable, positiva y sensata pero que, sin tapujos, ofrezca un futuro mejor para los pobres y las clases medias. Sin eso, sin tomar en cuenta al Movimiento Antorchista como una fuerza real, positiva y propositiva para ellos y para la nación, ya pueden irse olvidando de recuperar el poder. Y todos sufriremos las consecuencias.  


Más allá de quién resulte ganador del proceso interno del PAN para encabezar la dirigencia del partido en Tlaxcala, la división será la constante y la peor enemiga del futuro representante de ese instituto político, ya que las descalificaciones y la guerra sucia que ha prevalecido durante el proceso de campaña impedirán que haya reconciliación y unidad entre los grupos que al parecer su intención es destruirse para nunca convertirse en una oposición fuerte y organizada.

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