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Opinión



Las lecciones de Washington

Domingo, Junio 9, 2019 - 18:09
 
 
   

Mexicanos y estadounidenses estamos pagando los costos de estar gobernados por dos populistas autoritarios.

El conflicto migratorio —arancelario— que hoy enfrenta a México y Estados Unidos es consecuencia de muchos factores, pero a la cabeza de esas circunstancias están dos presidentes más interesados en quedar bien con su mercado electoral que con tomar decisiones de Estado.

Como se quiera ver, Donald Trump ha declarado la guerra a México. Independientemente de la aplicación o no de los aranceles en contra de todos los productos nacionales que se exportan, el empresario republicano ya logró colgar, de manera permanente, una espada amenazante sobre el corazón del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Esta circunstancia tendría que obligar a dar un giro completo al proyecto de la llamada 4T. Un cambio radical en el estilo, programas y visión de gobierno.

A ver, empecemos por la carta que envió el presidente de México al de Estados Unidos, el 30 de mayo pasado, con motivo de la imposición de aranceles.

En ella hay un López Obrador que quisiéramos tener de manera permanente, o cuando menos, en “las mañaneras”. Un presidente —como lo señala él mismo en la carta—  enemigo de la confrontación, creyente del diálogo, la política y el acuerdo.

Un mandatario consistente con lo que cree y dice admirar. “El presidente Roosevelt fue un titán de las libertades”, le dijo a Trump en la misiva. Alguien que “proclamó los cuatro derechos fundamentales del hombre: el derecho a la libertad de palabra; el derecho a la libertad de cultos; el derecho a vivir libre de temores, y el derecho a vivir libre de miseria”.

Si Andrés Manuel aplicara cada uno de esos principios en el día a día de su mandato, tendría lo que hoy necesita: la unidad, el respeto y admiración de todos los mexicanos.

Es cierto que Donald Trump escogió México como rehén de sus ambiciones reeleccionistas, pero también hay antecedentes concretos que explican, en parte, la crisis migratoria.

López Obrador, después de ganar las elecciones, se comprometió —sin medir consecuencias y al margen de una estrategia— a dar visas de trabajo a los migrantes centroamericanos.

Esta oferta, populista más que humanitaria, se tradujo en  un tsunami de indocumentados que favoreció principalmente a las pandillas y grupos del crimen organizado.

Delincuencia contra la que se ha hecho poco o casi nada.

Y es que hay algo que no ha entendido, cuando menos, una parte del gobierno mexicano. El fenómeno migratorio actual nada tiene que ver con el de hace veinte o treinta años.

El sociólogo australiano Stephen Castles dijo que el mundo, como consecuencia de la globalización, vive la “era de la migración”, y que esta, se quiera o no aceptar, tiene un impacto directo en la relación entre naciones.

Para decirlo con claridad: el gobierno de la 4T no puede seguir tomando decisiones migratorias a partir de una visión aislacionista cuando México comparte con Estados Unidos una frontera de 3 mil 169 kilómetros cuadrados y un intercambio comercial de miles de millones de dólares.

¿Entenderá el presidente que una de las más importantes “lecciones de Washington” es que ya no puede seguir gobernando de la misma manera?

Las delegaciones mexicana y norteamericana estuvieron concentradas en el tema migratorio, pero la complejidad de las negociaciones hace pensar que en el ambiente estuvieron presentes otros temas.

Por ejemplo, la relación de México con la dictadura de Maduro; la desaceleración de la economía, el crecimiento del desempleo, la violencia y la impunidad de los cárteles de la droga.

Llama la atención que las agencias Fitch y Moody´s bajaran la calificación a México el mismo día en que se iniciaron las conversaciones en la Casa Blanca, y que hayan manifestado su preocupación por cómo la política interna —la debilidad institucional provocada por el presidente— está afectando la confianza de los inversionistas.

Lo que parece estar observando Washington es que México está por convertirse en un serio riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos y que está obligado a tomar medidas antes de que la crisis estalle.

“Las lecciones de Washington” tendrían que servir para que López Obrador comenzara a actuar como un jefe de Estado y ya no como un activista.

Más que mítines —como el de Tijuana— lo que hace falta es que López Obrador esté dispuesto a sentarse con todos los sectores, sin rencores ni obsesiones, para construir un proyecto a favor de México.


Más allá de quién resulte ganador del proceso interno del PAN para encabezar la dirigencia del partido en Tlaxcala, la división será la constante y la peor enemiga del futuro representante de ese instituto político, ya que las descalificaciones y la guerra sucia que ha prevalecido durante el proceso de campaña impedirán que haya reconciliación y unidad entre los grupos que al parecer su intención es destruirse para nunca convertirse en una oposición fuerte y organizada.

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