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Miércoles, 20 de Junio de 2018     |     Tlaxcala.
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Opinión



El Partido Revolucionario Institucional desdibujó su semblanza, extravió su identidad y equivocó su candidato

Domingo, Junio 10, 2018 - 21:24
 
 
   

¿Será el 1º de julio el capítulo con el que finalice la historia de un partido al que aniquiló la corrupción?

El que sigue, estimado lector, no es otra cosa que el relato de un suicidio asistido… sin sedación terminal

Pasado el sexenio lopezobradorista quizá pueda renacer con otra denominación, otros colores y otro perfil

 El litigio por conseguir que el PRI dejara de usar los colores de la bandera en el logotipo que lo identificó desde su nacimiento se prolongó infructuosamente por años. El tema de la supresión del símbolo gráfico con el que el elector asociaba al partido en el poder desde 1946 -y antes incluso, cuando se llamó PRM y luego PNR- fue defendido a muerte por sus dirigentes y militantes. En el tiempo al que me refiero (1986-1988), las oposiciones de izquierdas agrupadas en el Frente Democrático Nacional entendían que valerse del emblema nacional suponía una inadmisible ventaja por cuanto constituía una inducción subliminal del voto. Se alegaba -y no sin fundamento- la existencia implícita de un mensaje sugerente de que, al cruzar la enseña tricolor en la boleta electoral, no sólo se emitía un sufragio a favor del Revolucionario Institucional, sino que hacerlo constituía un acto de acendrado fervor patrio. No obstante su razonable motivación, el reclamo se rechazó en todos los espacios en los que se presentó, quedando claro que a ningún precio el PRI prescindiría de la divisa que tan eficaz y orgullosamente había contribuido a mantenerlo en el poder por más de medio siglo. 

La era del “partido casi único”

 Treinta años después de los hechos que narro, cuando los mexicanos contemporáneos se comunican e informan a través de las redes sociales, el concepto por el que entonces se luchó pudiera parecer trasnochado o por lo menos tremendamente elemental. Pero en aquel tiempo, créame, amigo lector, no lo era. En la época anterior a Salinas, al PRI ni siquiera le hacia falta coaccionar a la gente con programas asistenciales como los que el usurpador se vio obligado a crear, Solidaridad por ejemplo, con su trenzada enseña verde, blanca y roja, utilizada masivamente en su sexenio para reconquistar al electorado que se había decantado por Cárdenas en la presidencial de 1988. En esa época, repito, al partido le bastaba controlar a un campesinado que lo proveía del llamado voto verde, y a los pobladores de las franjas marginales de miseria urbana que le aportaban el voto de la pobreza. A esos efectos, el emblema con los colores de la bandera funcionaba como la palanca eficiente para repletar las urnas de votos a su favor.

Exclusividad protegida

 Tras el fraude de 1988 se fundó el PRD. El primer emblema del nuevo instituto fue el conocido como el sol azteca, que en su origen tomó -al igual que lo había hecho el PRI- las mismas tonalidades de la enseña patria. Empero, al presentarse principios, estatutos y escudo del recién creado partido a la consideración de la Comisión Federal Electoral -a la sazón presidida por Fernando Gutiérrez Barrios, secretario de Gobernación- la propuesta se rechazó con el argumento de que generaría confusión en el elector. Entonces, ante la urgencia de participar en las elecciones que seguían, se decidió adoptar una combinación cromática diferente. Así fue que vio la luz primera el logotipo negro y amarillo con el que se identifica al Partido de la Revolución Democrática. Mas advierto, amable lector, que me he distraído reconstruyendo de memoria aquellos episodios iniciales de la lucha por la democratización de nuestros procesos electorales, y pierdo de vista el asunto que estoy interesado en destacar. Voy al punto.

Símbolos traicionados

 Quién iba a decir a los mexicanos que, andando el tiempo, la organización política concebida por Calles -invicta en cientos y cientos de contiendas municipales, estatales y federales a lo largo y ancho de la república-, quién iba a decirnos, repito, que en este 2018 le sería ordenado desaparecer de la vista pública su histórico logotipo, trastocándolo por otro de moderno diseño que evitara a sus candidatos verse asociados a la imagen de corrupción y desprestigio con que terminó la gestión de Peña Nieto, el priísta número uno y líder nato del partido. A tamaña claudicación se agregó otra aún mayor: el dedo presidencial no fue capaz de hallar entre las filas tricolores a nadie confiable que le garantizara, por una parte, la victoria el 1º de julio y, por otra, su inmunidad. Y escogió a Meade, un tecnócrata ajeno al partido que, además, había sido parte de los dos gobiernos panistas que precedieron al suyo.

El hundimiento

  La decisión constituyó un error. Para ungirlo candidato, Peña Nieto ordenó anular los impedimentos estatutarios, ignorando a las bases que acogieron la maniobra con mal disimulado disgusto. Y luego, ya en la arena electoral, las áridas arengas del improvisado abanderado no tuvieron el impacto esperado, hundiendo al partido en un tercer sitio muy distante del puntero. La inconformidad se fue intensificando en todos los niveles del priísmo conforme permeaba la sensación de derrota, en perjuicio de los aspirantes a ocupar alguno de los muchos cargos de representación que están en juego en esta elección. Por último, el desánimo se potenció al punto de la deserción cuando los medios difundieron la especie de que Peña Nieto, convencido ya de la inevitabilidad del triunfo de López Obrador, podría haber negociado su salvoconducto transexenal… ¡a cambio de entregar el poder de forma tersa y ordenada!

Los daños colaterales

 El fracaso de la estrategia del presidente complicó las expectativas de los aspirantes priístas a las cámaras legislativas federales, y aún lo hará más a quienes contienden en estados que, como Tlaxcala, profesan ciegamente la fe lopezobradorista. No será pues de extrañarse que el contingente tricolor en el Congreso de la Unión resulte ser el más exiguo de su historia. En esas condiciones, los gobernadores que llegaron al poder merced al impulso que les dio el peñanietismo quedarán en situación comprometida pues tendrán que hacer la travesía de lo que le resta a sus mandatos en circunstancias que se adivinan difíciles. Observo empero que la composición de los congresos estatales podría no ser un campo de batalla tan desigual y desventajoso; será en él seguramente donde el mandatario tlaxcalteca Marco Mena volcará todas sus habilidades políticas para conformar una bancada afín -o por lo menos no hostil- a sus programas de gobierno planteados en el Plan Estatal de Desarrollo. En tres semanas exactas sabremos si lo consiguió.      


El presidente del Tribunal Superior de Justicia en el Estado, Héctor Maldonado Bonilla, puede jactarse de ser el funcionario que más animadversión ha acumulado en tan solo cuatro meses de haber asumido el cargo, lo que tarde o temprano le va a generar problemas que afectarán su posición y complicarán su periodo como representante del Poder Judicial en Tlaxcala.

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