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Domingo, 30 de Abril de 2017     |     Tlaxcala.
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Opinión



Las bromas sobre las escaleras eléctricas... ¿anécdota olvidable u ofensa imposible de tolerar?

Domingo, Abril 16, 2017 - 18:33
 
 
   

Grave error, tomar en serio y hasta enojarse ante un acontecido al que solo se le buscaba el lado gracioso

¿Tan herida está Tlaxcala como para no poder reírse de sí misma en ocasión de un hecho sin importancia?

Digno de estudio, el contraproducente saldo de la rabiosa y desproporcionada reacción ante el incidente

  De una nota periodística de limitado interés local que informaba de la inauguración en Apizaco de una tienda departamental, se derivó un auténtico aluvión de comentarios, unos irónicos, otros de corte humorista y otros más ciertamente burlones que, a su vez, desencadenaron una respuesta exageradamente airada de quienes se sintieron afrentados por la caricaturización malévola que -según ellos- se estaba haciendo de los tlaxcaltecas. El motivo de la reacción no pudo ser más nimio ni liviano: resulta que, entre las prestaciones que el nuevo almacén ofrece a sus clientes está una escalera eléctrica, la primera en su género que funciona en la entidad. El detalle anecdótico fue destacado por el reportero con la intención -supongo- de que su trabajo noticioso incluyera una nota de color basada en una verdad certificada.

Iracundia injustificada

  Alimentado por la exasperada respuesta de los tlaxcaltecas agraviados, el tema se viralizó en las redes sociales al punto de que bastaron unas horas para que saltara a medios nacionales, y sólo un par de días para que ocupara espacios en medios internacionales. No me queda duda ninguna de que el disparador de la intensidad mediática que siguió al hecho no fue el hecho mismo ni los chistoretes con que algunos comediantes de la información divulgaron la noticia, sino la desmesura del reclamo que, al hacer énfasis en lo ocurrido, subrayó sin quererlo algo que no tiene porqué afectar la dignidad de nadie ni mucho menos causarle vergüenza: me refiero a la carencia de avances tecnológicos de uso común en poblaciones de mayor tamaño y de superior potencial económico.

Reacción visceral

  Convengamos pues que lo que lanzó al trivial asunto de las escaleras eléctricas tlaxcaltecas al espacio cibernético no fueron sólo las parodias que se montaron a raíz del incidente; en realidad, el impulso multiplicador en la Web del tema se lo dio la colérica respuesta de los ofendidos. Unos aludieron a una discriminación clasista y racial existente sólo en su imaginación; otros, al estigma histórico que aún pesa sobre los tlaxcaltecas por su alianza estratégica con los españoles y, los mas, a un reprimido deseo de venganza expresado en un torrente de leperadas fuera de toda proporción y regla. Al final fueron esas reacciones sin razón ni argumentos las que provocaron que se ridiculizara a los tlaxcaltecas en las redes sociales hasta en sitios en los que apenas se nos conoce. Por lo demás, me tocó comprobar que, fuera del estado, el tema sigue siendo motivo de guasa en cuantos lugares visité en estos días de asueto.

Ambivalencia

 Este artículo trata de cómo y porqué un hecho baladí y sin importancia puede convertirse en tendencia o tema del momento -trending topic para usar el anglicismo en boga-. Para empezar ha de distinguirse la diferencia que hay entre una agudeza ingeniosa y una ofensa hiriente. Siendo cosas diversas lo natural es que la reacción ante la una o ante la otra sea distinta y que, además, su grado de intensidad dependa del talante y la idiosincrasia del destinatario de la chanza o la injuria. Habrá quien, dueño de un sentido amplio del humor y un etéreo concepto del honor, se ría y hasta se le resbale el insulto. Pero también habrá quien, teniendo la sensibilidad a flor de piel o habiendo sido duramente tratado por la vida y por la historia, ante la broma más leve apele a la agresión y la justifique aludiendo a una supuesta afrenta a su hombría, o a un ficticio honor mancillado, sea el suyo propio, el de su raza, el de su estirpe o el de su patria.

 Identidad

  Ese tipo de reacción conductual ante una crítica externa que se expresa a través del humor nos enfrenta a nuestra realidad, una realidad que, consciente o inconscientemente, tratamos de evitar, simular o maquillar. El fenómeno habla de desconfianza e inseguridad del individuo y de los valores del colectivo al que se pertenece, y tiene que ver con la búsqueda fallida de una definición identitaria que no sólo no niegue sus antecedentes sino que los justiprecie y abrace. Trátase de una profunda e irresuelta frustración que temporalmente se alivia con expresiones de un localismo cuasi delirante y con una tan irracional como contradictoria relación de aversión-amor hacia lo extranjero.

Samuel Ramos y Octavio Paz

  En El perfil del hombre y la cultura en México, Samuel Ramos (Michoacán, 1897- Distrito Federal, 1959) analiza la naturaleza de lo mexicano. Es en el pensamiento de Justo Sierra dónde se hallan las raíces de sus trabajos, y en el suyo propio se detectan los antecedentes de obras como El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz. No son muchos los que se han atrevido a reflexionar sobre ese tema; el mismo Ramos al inicio del capítulo Psicoanálisis del mexicano menciona a Nietzsche cuando el filósofo alemán se pregunta: ¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre? Y lo cita como una suerte de aviso preventivo para que se sepa que en su estudio aborda, cruda pero desapasionadamente, temas que pueden herir la susceptibilidad de sus lectores.

Análisis

   Aclara en seguida Ramos que no se trata de una auto denigración ni de un prurito por hablar de cosas desagradables, aunque necesarias de conocer para convencerse de que son superables. Arguye que -cito textual- no hay razón para que el lector se ofenda al leer estas páginas, donde no se afirma que el mexicano sea inferior, sino que se siente inferior, lo cual es cosa muy distinta. Precisa que, si no obstante esa aclaración se sintiera lastimado entonces estaría confirmando su desmedida susceptibilidad. Esa reacción de disgusto sería -según Ramos- la comprobación de su tesis. Concluyo este apartado reconociendo que no soy el indicado para glosar la obra del que está considerado como el más lúcido de los analistas de la identidad y la psicología del mexicano; me limito a recomendar su lectura a quien le interese el tema.

Silencios inexplicables -1-

  Pero volviendo al asunto que nos ocupa considero pertinente señalar que, cuando se nos han inferido verdaderas ofensas que, esas sí, nada tuvieron de divertidas, la reacción de los indignados fue inexistente. Cito tres que encajan en el detestable género del humor negro y empiezo por el cartón del celebrado caricaturista regiomontano Abel Quezada (1920-1991) en el que, tras preguntarse con sorna que se podía hacer con Tlaxcala -un estado tan improductivo- dibujó a un albañil pegando tabiques sobre el perímetro del mapa de nuestro territorio. Una vez levantado el dicho muro que envolvía en su totalidad a Tlaxcala, sugirió que… ¡se le llenara de agua para que sirviera de aljibe a la ciudad de México! No recuerdo haber oído ninguna voz de protesta ante lo que constituyó un menosprecio flagrante hacia los tlaxcaltecas.   

Silencios inexplicables -2-

  Otro caso no menos insultante lo constituyó la frase del político veracruzano Jesús Reyes Heroles (1921-1985) quien, al mencionar a Tlaxcala la definió como “…tierra de toros bravos y hombres mansos…”. No se sabe que llevó al reconocido hombre de Estado a pronunciar esas palabras tan terriblemente despectivas; el punto es que tampoco en aquella circunstancia hubo nadie que alzara públicamente la voz para manifestar su desacuerdo con la humillante expresión. Y para terminar con esta pequeña colección de oprobios hacia Tlaxcala citemos el que infirió a todos los nacidos en este bello terruño Tulio Hernández Gómez, a la sazón mandatario de la entidad. Su degradante sentencia de que “…a los tlaxcaltecas se les gobierna con pulque y saliva…” no impide a su autor presentarse en lugares públicos, pues de entre todos aquellos a los que insultó tan soezmente no hay ninguno que se atreva a abuchearlo.

El colmo del absurdo

  Concluyo. Hemos sido exhibido ante millones de personas, pero no tanto por las tan traídas y llevadas escaleras eléctricas de Apizaco, sino por la rijosidad y el mal genio  con que encajamos las guasas a que dio lugar la noticia. Sabido es que hay dos formas de neutralizar una broma: una es ignorándola, y la otra siguiéndole la corriente al gracioso. Pero si la reacción es de enojo entonces -como dicen los jóvenes- “no nos la vamos a acabar”. El colmo del absurdo fue el que protagonizó la senadora Adriana Dávila, al acecho de asumir un papel oportunista en el sainete. Para ponerse a la cabeza de los indignados le exigió al gobernador Marco Antonio Mena que se disculpara. ¿Qué se disculpara de qué? ¿de haber inaugurado un almacén importante? El problema es que, al exhibirse ella, nos exhibió a todos, pintando a Tlaxcala como un pueblo incapaz de reírse de sí mismo.

 

 

 

Para la Primera Plana:

 

 

Una crítica que se expresa a través del humor -cual fue el caso de las escaleras eléctricas de Apizaco- nos enfrenta a la realidad, una realidad que, consciente o inconscientemente, tratamos de evitar o maquillar. El fenómeno habla de desconfianza, inseguridad y falta de fe en los valores del colectivo al que pertenecemos, y tiene en el fondo que ver con la búsqueda de una definición identitaria que no sólo no niegue nuestros antecedentes sino que los justiprecie y abrace.


Nadie se explica aún porque los cambios en algunas instituciones educativas se han prolongado, sobre todo cuando hay claras evidencias de que son manejadas de manera irregular por funcionarios que fueron designados por el ex gobernador Mariano González Zarur.

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